Astutas.Salinas de Cádiz

Paisaje sonoro para Astutas, impulsado y curado por Rocio Royo de Espacio C, destinado a comunicar el valor de las salinas artesanales del s. XXI de Cádiz.

Pieza de paisaje sonoro centrada en la salina de la Bahía de Cádiz del siglo XXI. La pieza busca sensibilizar y comunicar el valor ecológico y patrimonial de la salina marina gaditana, presentando una escucha en la que la actividad humana y no humana revela una perspectiva esperanzadora hacia un futuro interespecies. Muestra la salina gaditana como un caso particular en el que la actividad humana está fuertemente encastrada a los ritmos propios del entorno natural, dando lugar a una cultura de convivencia entre especies. Los sonidos de este entorno antrópico, las aves, los crustáceos, el mar, las nuevas y viejas actividades humanas como el despesque o la recolección de salicornia, producen toda una amalgama sonora que manifiestan la interrelación ecológica que ha dado origen a la salina marinera gaditana del s.XXI.

La pieza emplea para su composición sonidos registrados en las salinas gaditanas La esperanza, San Vicente y Santa Barbara. Estos sonidos emergen como documentos sonoros singulares en los que se preserva la riqueza patrimonial de la salina y que, en algunos casos, debido a la industrialización de los procesos de producción de la sal, están en peligro de desaparecer. La pieza pretende concienciar sobre la importancia de preservar estos sonidos dirigiendo la atención hacia un modelo de producción en el que la acción humana ha posibilitado la emergencia de un entorno ecológico que genera diversidad y variabilidad para muchas especies. Así, la escucha como modo de atención se convierte en un acto político, al sumergirse en esta gran orquesta acontece una posibilidad de futuro.

La  pieza se realiza dentro del contexto de Astutas, una iniciativa impulsada y curada por Rocío Royo de Espacio C, destinada a comunicar el valor cultural, económico y medioambiental de las salinas artesanales del s. XXI de Cádiz.  Astutas se refiere al concepto de “infraestructuras astutas”, definido por la ONU como aquellas que integran eficiencia, sostenibilidad, cultura y belleza.

Piezas

*Se recomienda leer el texto correspondiente a cada pieza antes de escucharla.

 

5 de septiembre de 2024, 12:30h. Cruzo el umbral de La Esperanza y el tiempo parece dilatarse. Atrás queda el rumor distante del tráfico, disipándose como una marea baja. La calma se asienta, el silencio no es vacío, sino un aliento contenido que espera ser escuchado.

Camino entre las vueltas, y el agua del estero despierta con mi presencia. Los peces se deslizan en la penumbra líquida, su aleteo es un leve temblor en la superficie. También me han sentido los archibebes y las garzas, que observan desde la distancia, y el chorlitejo patinegro, que rompe el aire con su trino inquieto antes de alzar el vuelo.

Me acerco a la compuerta de un tajo. Un hilo de agua cae en un murmullo tenue, golpeando contra sí misma, repitiendo su eco en el umbral de la salina. Más allá, junto a un almarjo, un chorlitejo vigila su nido y canta con ímpetu, un sonido vibrante que resuena en el aire inmóvil.

Al fondo, los flamencos avanzan con la solemnidad de quien ha aprendido el ritmo de la tierra. Cada paso, una cadencia. Cada graznido, de tono juguetón y espectro medio, colorean el silencio.

En la quietud, todo suena.

 

“El agua va a su amor”, dice Alejandro, el biólogo de la salina, mientras traza con palabras el mapa vivo de La Esperanza, desde el estero hasta los cristalizadores. “El agua no tiene hueso”, murmura después, como quien revela un secreto antiguo, refiriéndose a su naturaleza fluida, siempre deslizándose, siempre encontrando caminos entre los caños que dan forma al cuerpo palpitante de la salina.

A medida que avanzo, el sonido del agua se intensifica, se vuelve un murmullo denso, un latido que resuena contra la compuerta que la separa del mar. Entonces aparece Demetrio, el maestro salinero, con su tractor, y al abrir la compuerta libera un torrente que multiplica las voces líquidas en una sinfonía espectral.

Al fondo, en los cristalizadores de La Esperanza Chica, las salineras extraen la sal con la vara. Sus movimientos, pausados y rítmicos, me recuerdan al vaivén del mar, como si sus manos fueran olas y la salina, un océano detenido en el tiempo. Es un paisaje sonoro donde la actividad humana aún respira al compás de la naturaleza.

Y entonces, en la frontera del viento, una guitarra flamenca despierta. No hay manos que la toquen, solo el aire rozando sus cuerdas, dejando escapar armónicos que se funden con los ecos de voces antiguas, de aquellas que han trabajado la sal desde Chiclana hasta San Fernando.

Al otro lado, en La Esperanza Grande, un salinero recoge los balaches y los transporta en un carrillo, apilándolos en sacos como quien guarda los restos de un mar que alguna vez fue.

Y me pregunto: ¿no es la sal el hueso del agua?

 

Las mujeres se sumergen en la serenidad de la salina chiclanera, dejando que sus manos recorran sus pieles al compás del barro húmedo. El suave sonido del fango al deslizarse recuerda los ritmos primordiales de la vida, una cadencia que evoca lo íntimo y esencial, conectando el cuerpo con la tierra en una danza de creación y renovación.

Una musiquilla de colores orientales acompaña el bailar de los cuerpos sumergidos al deleite de la quietud salinera. Siguiendo un tiempo vigoroso, embarran sus cuerpos y se exfolian con grano de sal para purificar la piel, matizando el aire con texturas ásperas y sibilantes.

Las risas y el juego adquieren protagonismo, compartiendo la espontaneidad y conectando con la parte más inocente y desprejuiciada de la infantilidad.

Al otro lado, en el silencio del agua inmóvil, se bañan cuidadosamente otras mujeres, eliminando los restos de fango que pudieran quedar en sus pieles. Los flamencos graznan en la lejanía generando ritmos lentos y aleatorios que resaltan sobre el continuo del silencio del agua.

 

En el interior de la salina “La Esperanza”se atisba a lo lejos la autopista y las vias del tren, y al otro lado el puerto gaditano con sus grandes barcos y máquinas. Aquí, el acuicultor se dirije a su cobacha a por los aperos para trabajar en el cultivo de las ostras. Bajo el agua suenan los chasquidos de estos moluscos bivalvos al abrirse y cerrarse, el burbujeo del agua y el roce de las ostras entre sí. Me pierdo en el criqueteo polirrítmico que suena bajo el agua de la salina, y el susurro de “los hormiguillas” acontece como si de una cantiña gaditana tratase. Pronto llega el acuicultor para realizar su faena.

 

Salimos del agua y me enredo en sus cercanías. La salicornia, suculenta halófita, se alza en los bordes del agua de la salina “Santa Bárbara”, donde el tiempo detuvo el cultivo de sal, pero no su memoria.

Hoy, la lluvia dejó su rastro en el aire, espesando la humedad hasta envolver mis oídos con un sonar de tono cercano y fresco. Los senderos son barro y avanzo contundente y pesado, como si la salina quisiera retenerme. El tráfico murmura demasiado cerca, empujándome hacia el corazón del estero, donde la calma persiste. Allí, el tráfico atenuado, y distintas especies de aves conforman un camino de sonido ligero.

Acompaño en la recolecta de salicornia. Acontece un juego motívico de staccatos transitorios de espectro amplio y eventos estocásticos de corta duración. Entonces, el estruendo de la compuerta irrumpe en la quietud, como un latido profundo en el cuerpo dormido del agua.

 

En el estero, la vida hierve en un torbellino de escamas y espasmos. Sargos, lubinas y corvinas se agitan en el agua salobre, entrelazándose en un vaivén que parece danza y combate. Camarones pistola estallan con su chasquido seco, cangrejos autóctonos se deslizan entre la arena, y el cangrejo azul, forastero y belicoso, alza sus pinzas incluso contra los suyos.

El despesque comienza con un estruendo de voces y agua revuelta. El capataz y los muchachos avanzan, empujando la red como un telón que cae sobre el escenario del estero. El agua hierve de aletas y coletazos, un clamor sordo de resistencia, de vida apresada en un remolino de espuma y sal.

Cuando las compuertas se abren y la faena termina, la energía se transforma en fiesta. Sobre la mesa de la salina, la algarabía se mezcla con el aroma del pescado recién salado. Se fríen tortillas de camarones al compás del entrechocar de platos y cubiertos, un repiqueteo rítmico y azaroso que decae en la mesa improvisada. El fuego crepita con un ritmo que parece ancestral, una percusión primitiva que marca el pulso de la celebración.

En cada chispa que salta de la hoguera, en cada sonido que resuena en la salina, mi mente reconstruye un mapa sonoro: el eco de antiguas músicas, el canto del agua, el latido del estero, el continuo de un ecosistema que vive y muere al compás de la marea.